Aparezco por aquí de vez en cuando y probablemente os asuste. La continuidad, la regularidad y la homogeneidad hacen gala de su ausencia por aquí y yo tampoco las invito a que vengan porque no suelen caerme bien. O yo a ellas. Anyway.

jueves, 22 de febrero de 2018

Monocroma (o de cómo a la tercera va la vencida)

El pasado noviembre me presenté, por tercera vez en la vida, a los premios Géminis de Narrativa, y por tercera vez, tarde y cargada de dramatismo y de historias tristes que necesitaban ser contadas. Para mi sorpresa, tuve el honor de recoger no el tercero, ni el segundo, sino el primer premio del concurso dentro de mi categoría. No puedo describir con palabras lo feliz que me sentí en aquel momento, así que, para compensar (y como ya es costumbre) aquí os dejo el texto completo, sin trampa ni cartón. Espero que os guste Monocroma tanto como lo sufrí yo.

MONOCROMA


La vida para Jerónimo estaba teñida de gris. Del gris de la monotonía, del cielo plomizo de invierno, del filo del cuchillo del pan, del polvo que se acumulaba en las esquinas de su casa pese a barrerlo concienzudamente los viernes. Del gris de los cráteres de la luna, de la luz de los años 40 en los que nació.
A pesar de ello, aunque pueda parecer absurdo, le gustaba. Era un color tan impreciso, simple y  complicado a la vez, que le parecía que todas las cosas podían definirse en escalas monocromas de gris. El resto de tonalidades le parecían absurdas, chillonas, vibrantes como una cuerda de guitarra a punto de estallar al afinarla. Soportaba el azul, pero odiaba el rojo y detestaba el amarillo con todas sus fuerzas. Jugando con sus hermanos, trocaba sus lápices de colores por otros blancos y negros, gris grafito en la mejor de las ocasiones, y los guardaba en los bolsillos de las chaquetas, entre las páginas de sus escasos libros, debajo de la cama y detrás de su jersey favorito. Escondía escalas de grises pintadas a lápiz entre las suelas de sus zapatos y nunca, nunca, salía de casa sin un poco de grafito entre los dedos.
En el pueblo le llamaban Cero en vez de Jero porque él y el lápiz eran inseparables, de ahí lápiz y cero. Lapicero. Nunca se quejó; el nombre le gustaba. Era bastante callado, de todos modos. Se bastaba a sí mismo para ser feliz. O al menos, eso creía, hasta que conoció al primer amor de su vida.
Fue el primero porque nunca antes había sentido un gris tan marengo tan intenso como cuando tomó por primera vez en sus manos aquella fotografía, desgastada por los bordes y doblada en una esquina. Desde ella, una muchacha de pelo rizado y edad indefinida miraba fijamente a cámara desde una silla de madera. No sonreía, ni fruncía el ceño, ni siquiera parecía capaz de mover el rostro. Era una pura tonalidad de gris.
Años después ni siquiera recordaría de dónde robó la foto; quizá su memoria decidió borrar aquel día para no poder devolverla jamás. En cualquier caso, pasó sus primeros años de adolescencia idolatrando aquella imagen y a la muchacha que venía con ella. Le fascinaba profundamente el hecho de que una cámara de fotos, algo a simple vista tan deforme y anodino – así se lo parecía – pudiera capturar el mundo de la forma en que él lo veía. Nada le parecía tan bello como a través de la lente de la cámara (o, mejor dicho, a través del revelado); por eso gastó sus primeros ahorros de toda la vida en una destartalada cámara de fotos de segunda mano – el dueño debió cansarse de ella, después de todo – que tenía ligeramente picado el esmalte de la parte superior y se trababa de vez en cuando en los momentos más inoportunos. Jero la quería como a un hijo; era un apéndice más de su cuerpo.
A través de ella vio por primera vez al segundo amor de su vida. La feria había llegado al pueblo y, con ella, innumerables puestos de artesanías, espectáculos circenses, vendedores de cachivaches inútiles y oportunidades perfectas de usar la cámara de fotos. Jero llevaba meses esperándola y había hecho acopio de negativos para la ocasión. Pero, al recorrer las calles engalanadas de carretas y puestos de caramelos, encontró algo mucho más fascinante que inmortalizar.
Aún no lo sabía, pero se llamaba Lola. Llevaba unos pendientes enormes y se gastaba un aire de gitana de guiñol, vestida con un traje de lunares y unos zapatos de tacón demasiado grandes para su número de pie, y tenía el pelo gris como las nubes de tormenta. Accedió, entre risas, a que Jero le hiciera una foto posando con aquel disfraz. Aquella fue la primera foto que Jero le hizo a Lola; de la que más orgulloso se sentiría durante toda su vida y la que menos cuidado puso en hacer. Lola sonreía a cámara enseñando los dientes y levantando un abanico de lunares.
Años después, ocupó un lugar privilegiado en las estanterías de su salón. Aquella niña que se hacía la mayor vestida de flamenca vio a Jerónimo cambiar de cámara por primera vez,  los primeros pasos de su hija, las innumerables cenas de navidad y el primer olvido de Lola.
Todo pasó muy rápido. Para Jero, fue como una sucesión demasiado rápida de los negativos de una película demasiado triste para ser emitida en un cine cualquiera. De repente Lola ya no recordaba dónde se guardaban los cubiertos, ni cuándo habían comprado los cuadros, ni cómo se escribía el nombre de su hija. El Alzheimer barrió su memoria por completo como si de un huracán se tratase, dejando apenas los cimientos de una vida que con tanto mimo Jero se había prometido retratar.
Sólo había una cosa que la hacía recordar. Las fotografías. Cuando Jero se percató de aquello, emprendió su propia cruzada contra la enfermedad que le estaba robando a Lola. Pasaba tardes enteras con ella, rememorando viajes, historias, momentos, ilusiones, para comenzar de cero al día siguiente sin que Lola supiera apenas dónde estaba. Pero recordaba, sí, aunque sólo fueran algunas cosas. Y, al darse cuenta de que era la única manera de que ella recordase, él comenzó a obsesionarse con capturarlo todo. Tomaba fotografías de cualquier cosa, de todo lo que se le ocurriera, y después acudía corriendo a casa para intentar recuperar a su mujer. Sus mañanas se convirtieron en sesiones interminables que por la tarde se convertían, aunque por un breve y falso tiempo, en los recuerdos de Lola.
Aquel día llegó a casa pasado la hora de comer; no le importaba, porque había estado retratando de nuevo la feria que a pesar de haber cambiado tanto desde el año en que la conoció, aún le traía recuerdos incomparables. Había conseguido una foto de una niña vestida de flamenca, igual que ella en su día, aunque mucho menos guapa. Pero, al entrar en el recibidor, quien le recibió fue su hija, no Lola.
- Papá, has vuelto a escaparte otra vez a hacer esas fotos. Ya tienes demasiadas.
- Sí, pero…
- Sí, ahora se las enseñas a mamá. Ven.
Y con la tristeza incomparable de quien ha perdido a sus dos padres por igual, guió a Jero por los pasillos de una casa que a él ya le era prácticamente desconocida y en la que Lola ya no vivía. Le sentó en su antiguo sillón, se sentó con él y esperó.
Esperó a que olvidase de nuevo.


Este texto tiene una especial importancia para mí.
Eso quiere decir que compartirlo me cuesta,
pero creo que es importante hacerlo.
Así que gracias si has llegado hasta aquí.


domingo, 26 de marzo de 2017

Intitulado - (algo un poco fuera de lo normal)

Hace unos días - y semanas - me encargaron en la asignatura de filosofía la redacción de un ensayo de tema libre. Me encanta escribir diferente y probar nuevos formatos pero, como ya se sabe, soy demasiado indecisa como para decidirme por un tema en concreto, así que... digamos que abarqué un poco todo. Mejor que juzguéis por vosotros mismos.

INTITULADO

Es curioso cómo si nos preguntan qué somos, somos capaces de dar un millón de respuestas. Alto, bajo, listo, raro, profesor, extrovertido, oficinista, quinceañero, moreno, alegre, culto. No obstante, si nos preguntan quién somos, sólo diremos nuestro nombre como una respuesta sencilla y obvia, retórica si proviene de alguien que ya nos conoce. Pero cuando se nos pide una respuesta diferente a un nombre – nombre que, al fin y al cabo, tampoco es exclusivo – resulta inconcebible dar una respuesta clara.


Que el ser humano se rige por etiquetas es algo evidente al contemplar la historia. Son las etiquetas, las definiciones, las que han llevado a la humanidad por unos caminos u otros. Las guerras se inician porque nuestro adversario es diferente a nosotros y por tanto, una amenaza. Las discriminaciones se llevan a cabo porque alguien posee alguna suerte de característica diferente a los demás – quizá el tono de piel, quizá sus gustos o su religión, y así con un largo etcétera.


Con todo ello no quiero decir que las etiquetas constituyan algo negativo. Todo lo contrario; el ser humano tiende al orden – y por tanto, a la ordenación – porque es parte de su naturaleza. Es inherente a sus costumbres y a su modo de vivir. La sociedad, por otro lado, no es más que una aplicación de estas etiquetas al concepto de organización social.


Y es que algo que no está definido es algo que produce pavor. ¿Qué produce más miedo, un monstruo del que conocemos aspecto, debilidades y fortalezas, o una sombra oscura e indefinida que acecha detrás de la puerta y que, además de ser desconocida, no eres capaz de clasificar? Cuanto menos conocemos algo, más terrorífico nos resulta, pues es algo que, además de sernos ajeno, no comprendemos. Cuando lo desconocido se insinúa, nuestra razón tiembla. Los mayores miedos del ser humano han sido inclasificables y es por ello que, como remedio, en muchas ocasiones se recurría a la religión. Por ejemplo, si resultaba inexplicable que de pronto una tormenta arrasara los cultivos en la época más fértil del año, la explicación era la furia divina y el castigo por un acto impío. Es decir, se buscaba la racionalidad de lo desconocido mediante pseudociencias, mitos y teorías de carácter especulativo.


No obstante ahora, en pleno siglo XXI y sobre todo en la sociedad occidental, parece que existan pocas cosas que no tengan aún asignadas etiquetas o ‘’hagstags’’. La globalización, que nos invade como una plaga y lo coloniza todo, afecta a cada rincón, a cada elemento, hasta clasificarlo y ordenarlo con el criterio correspondiente. Resulta prácticamente imposible huir de estas etiquetas y acepciones que, por otro lado, en ocasiones enfrentan a aquellos que no las comparten. Sin ir más lejos, el famoso autobús transfóbico de la organización Hazte oír asignaba unas etiquetas determinadas a los géneros (a mi juicio, erróneas) y es esa la causa de todo el revuelo que se ha formado a su alrededor.


Incluso el propio lenguaje, aquello que humaniza a la raza humana, lo que marca el comienzo de toda nuestra historia, es una comunicación basada en etiquetas y conceptos. Como decía el nominalista John Stuart Mill, "no hay nada general, excepto nombres". Y, no obstante, esta enfermiza obsesión clasificadora se asemeja a una suerte de neorealismo filosófico que se empeña en asignar universales a todo lo existente. Quizá nos encontremos ante una versión moderna del problema de los universales.


Es por ello que, hoy más que nunca, encontrar un elemento carente de etiquetas nos resulta aterrador. Algo inclasificable nos reconcome por dentro y nos desespera inusitadamente. Pero yo me pregunto, ¿tan perjudicial es no clasificar una cosa?


En mi opinión, el verdadero problema no reside en la clasificación, sino en que la línea que separaba clasificación de conocimiento se ha diluido fundiendo ambos significados. Conocer una cosa no implica la asignación necesaria de etiquetas; el conocimiento no se basa sólo en características. Clasificar es una herramienta, no el método; nos ayuda, hace posible la comunicación de dicha sabiduría adquirida, pero el conocimiento es algo que está más allá de las fronteras y las definiciones, algo que resulta fácil de olvidar.


Quizá deberíamos aprender a abandonar nuestra zona de confort, claramente delimitada y clasificada, para abrirnos a las posiblidades que existen fuera de ese orden. Porque no podemos perder de vista que el orden, después de todo, se basa en criterios, y esos criterios nunca van a ser universales ni exactos, pues dependen de cada persona y de cómo se apliquen a la realidad. Asimismo, que una mayoría coincida en una etiqueta tampoco la valida. Por tanto, aunque es un método que sirve a su propósito principal, nunca deberíamos basar nuestra razón solamente en ello. Tampoco podemos olvidar que, pese a lo fácil que resulta olvidarse de ello, el orden no es más que un patrón mental, una ilusión de la mente humana que le hace más sencillo entender y adaptarse al mundo. Pero esta clasificación, esta ordenación de la realidad, no es algo que podamos clasificar de real. Perderlo de vista – como ya estamos haciendo – no puede resultar más que en una crisis intelectual y racional.

lunes, 27 de febrero de 2017

Pinceles - o cómo el quedar segunda nunca había sentado tan bien -.

Hace un año y pico me presenté por primera vez a los premios Géminis de Narrativa y logré el tercer premio por La chica volátil, relato que ya publiqué en este blog por aquellas fechas. Este año - o mejor dicho, el anterior, ya que fue en 2016 - volví a apurar los plazos para presentar un cachito de mí a este concurso que, como me siento muy orgullosa de contar, se consideró digno de merecer el segundo premio de mi categoría. Que alguien se emocionara con mi relato lo suficiente como para considerarlo merecedor de tal honor es algo que me fascina y me llena de una alegría inmensa. He decidido, así como hice con la chica volátil, compartirlo.

De nada y gracias.

PINCELES



Érase una vez un entierro.



Como todos sabemos, las historias no comienzan así; empiezan con un principio, nunca con un final, pues la mayoría se plantearía que para qué leerla entonces si ya conocemos las últimas frases.



Érase una vez una lápida.



Era un día gris de noviembre, y llovía. Como si el mundo hubiera decidido dar un toque teatral al suceso, las gotas repiqueteaban en el cristal de los coches del cementerio, llenando sus capós de tierra. Aún no era tarde, pero el sol ya había desaparecido del cielo. Una neblina gris y etérea inundaba el aire, impregnándolo de un toque fantasmal. Hacía un tiempo precioso para un entierro.



Érase una vez una tumba.



No debería haber sido así, pero lo era. Que el mundo es injusto es algo que todos sabemos aunque nos guste ignorar deliberadamente.



Érase una vez una historia.







Elías tenía quince años cuando la conoció.



Margaret trabajaba en la tienda de sus padres y llevaba un delantal manchado de pintura. Los rizos cobrizos le caían sobre la cara, rebeldes, aunque intentaba apartarlos anudándose un pañuelo en la cabeza. La ayuda que prestaba a su padre era su excusa para vestirse con un remendado mono de pintor repleto de manchas, con un pequeño bolsillo a la altura de la cadera que ella usaba para guardar algún que otro pincel. Siempre llevaba uno consigo, aunque sólo fuera a comprar el pan; cuando necesitaba tranquilizarse pasaba los dedos por encima de las cerdas, una y otra vez, de forma rítmica y constante, hasta que le parecía haber cubierto la ansiedad en quiméricos trazos de pintura. Aquel día el pincel era pequeño, desgastado; había adquirido un color amarillo a causa del uso, ya imposible de eliminar, y el mango estaba mordisqueado desde hacía años por unos pequeños dientes de leche. Ahora, aunque ya había cumplido los dieciséis, seguía conservando el hábito de mordisquear la suave madera barnizada cuando nadie la veía.



Él, por el contrario, jamás había tenido la oportunidad de tocar un pincel. Trabajaba en el campo, junto a su padre y sus hermanos, y a causa del sol y de la herrumbre sus manos habían adquirido la tosca solidez que caracteriza a quien trabaja la tierra. Desde pequeño, no obstante, había soñado con pintar, empuñar un pincel y describir largos trazos impregnados de pintura. Su mayor tesoro lo guardaba en una lata de galletas, debajo de la cama, en la que guardaba una caja de lápices Alpino y un viejo cuaderno desgastado por el uso. Dibujaba, sí, pero no era lo mismo. Elías soñaba con pintar de verdad, ni siquiera en un lienzo, sino de forma tridimensional y profunda: soñaba, en definitiva, con pintar esculturas. Aquello era, no obstante, un sueño inútil, pues nadie vive de vender figurillas mal pintadas, y él ni siquiera conocía el aguarrás. Pero, aun así, lo sabía. Había sabido que era su sueño desde el mismo momento en que vio, con cinco años, cómo cubrían la fachada del viejo edificio que se veía desde su habitación con un suave color beige. ‘’La casa lleva años destrozada’’, dijo su madre, negando con la cabeza. ‘’Una capa de pintura no arreglará el interior’’.



No obstante, había algo fascinante en la manera en que el pintor deslizaba el rodillo. Una y otra vez, empapado en pintura, rodaba sobre la pared dejando surcos imperceptibles sobre la vieja faz de la casa vecina. Sólo tenía cinco años, pero se imaginó empuñando aquel rodillo y todo cambió.



Diez años después, miraba por el escaparate de aquella fascinante tienda de pintores. Realmente, el negocio de la familia consistía en la pintura a escala de edificios, pero en aquel pequeño recibidor de apenas unos metros cuadrados vendían material de aficionado para los pequeños artistas del pueblo. En su bolsillo derecho reposaba, casi con vida propia, sueldo acumulado desde que había comenzado a trabajar. Unos pequeños ahorros que, de aquí y allá, reunía con esfuerzo soñando con poder entrar a la antigua tienda algún día. Ahora que por fin estaba delante, casi no se atrevía.



Casi.



Antes de darse cuenta – quizá fueron las ganas, quizá la inercia – había abierto la puerta y tenía un pie en el umbral del local. Y luego otro. Y después la puerta se cerró tras de sí. Fue entonces cuando inspiró profundamente, y el olor le invadió las fosas nasales. Olor a pintura, a aguarrás, a viejos pinceles usados y al deje metálico de los botes de pintura de pared. Los colores parecían poder distinguirse sólo a través del olfato; celeste, amarillo, blanco y teja, lavanda y miel, marengo y mostaza. Detrás del mostrador, se apilaban, innumerables, uno encima del otro, monopolizándola pared. Y después, ella, que le sonrió con la certeza del que sabe que quien tiene delante pide, desesperadamente pero sin pronunciar palabra, ayuda.



- Vengo a por pintura para arcilla.



Fueron unas palabras torpes, pronunciadas de improviso, y le pareció que estaban fuera de todo lugar. Aun así, ella no perdió la sonrisa. Él, que se sabía ignorante de aquel mundo que durante tanto tiempo había anhelado, se dejó guiar por Margaret para acabar gastando sus pocas monedas en barniz al agua, dos pinceles impolutos, un bloque de arcilla a modelar y tres botecitos de pintura, todo cuanto su presupuesto le permitía: blanco, negro y – a pesar de la mirada sorprendida de ella – un reluciente amarillo. No fue hasta llegar a casa y vaciar la bolsa que se dio cuenta de que ella, de manera discreta y sin mencionar palabra alguna, había deslizado en la bolsa un botecito marrón junto a trozo de papel doblado, que rezaba ‘’Por si lo necesitas. Margaret.’’



Él no lo comprendió hasta que, cuando empezó a modelar la arcilla, de sus manos surgió una figura humana. De forma inconsciente los brazos comenzaron a estirarse, la cara se alargó y unos toscos rizos enmarcaron el rostro. Poco a poco, la silueta de un viejo mono de pintura comenzó a tomar forma. Era ella, e iba a necesitar el marrón para pintarle la cara. Tardó toda la tarde y toda la noche pero, al final, cuando despuntaba el día, ante él se hallaba una sencilla pero firme figurilla que recordaba vagamente a la hija del pintor.



Hubo muchas más figurillas. Hubo muchos más viajes a la tienda en busca de consejos artísticos, de pinturas y de sonrisas, aunque esto último no se atrevía a pedirlo en voz alta. Un día, deslizó por encima del mostrador la primera figura que había pintado; ella, con un mono de pintor, sosteniendo un botecito gris en la mano.



En las estanterías de su casa hubo muchas más figurillas. Sus primeras navidades, el día en que se casaron, ella frente a un lienzo a medias con el pelo manchado de pintura. Ella junto a una cuna. Una tarta de cumpleaños. Numerosas escenas que se iban sucediendo, una tras otra, y en todas ella. Ella, que después de todo se había convertido en su musa, en el lienzo y en el trazo del pincel. Finalmente ellos dos, de la mano, sentados en sendos sillones el uno al lado del otro.



El día del accidente él conducía el coche. A pesar de sus muchos años, aún conservaba sus reflejos; sin embargo, después no fue capaz de recordar quién había sido el culpable del choque, si él o el Ford que se cruzó de repente.



Todo se volvió oscuro. Recordaba el estruendo, la sensación irreal de ver los cristales estallar a su alrededor y de pronto, nada. Él en un pasillo del hospital, con apenas un par de contusiones. Un médico de uniforme blanco que salió de la habitación en la que había visto entrar a su mujer; parecía hacer siglos de aquello. En estado de desconexión, Elías escuchó ‘’vegetal’’, ‘’lo siento’’, ‘’dos días como mucho’’, ‘’no podemos hacer nada’’, pero nada de eso parecía tener ningún sentido. Sólo cuando entró en la salita y la vio, postrada en la cama, sin expresión alguna, todo cobró sentido de repente. Ella. Inconsciente. Vegetal. Menos de 48 horas.



Margaret iba a morirse.







El entierro fue rápido y limpio; apenas acudieron los conocidos y la familia. Un amplio abanico de claveles y rosas reposaba sobre la lápida fresca, recién esculpida; hubiera resultado precioso de no ser por la lluvia, que ahogó las flores en tierra y tristeza; como debía ser. En trazos simples, con letras capitales, su nombre flotaba como una condena: Elías.



Le habían encontrado muerto aquella misma mañana, apenas 24 horas después del accidente; con los ojos cerrados, sentado en el sillón del hospital, una mano aferrada a la de Margaret y en la otra una figurilla de barro desgastada por el paso del tiempo. A su lado, los restos de las pastillas y un bote vacío de pintura acrílica amarilla. Y después, nada.







Érase una vez una tumba. A lo lejos, en el hospital, el electrocardiógrafo se detuvo, dibujando una línea plana y perfecta.



Érase una vez una tumba. Mañana serían dos.




Gracias a todos los que mantenéis viva la literatura
y a los que nos colmáis de ganas de seguir sobreviviéndola.
Gracias si has llegado hasta aquí.
27/02/17

He vuelto (casi).

Últimamente he estado incumpliendo ese no-pacto conmigo misma de subir periódicamente contenido a este blog pero, juro que es por causas mayores. Lo retomaré en cuanto pueda.

Graacias.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cosis.

Tengo problemas con el wifi y con la vida en general. Mañana subiré la entrada de septiembre.

Thanks.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Si no fuera yo

(Habrá más, lo juro. Perdonadme la espera)

No dejo de pensar en todo lo que podría ser, si no fuera yo. Si no fuera yo, tendría el valor de hacer mil y una cosas, y no sería tan estúpida como para intentar otras. Si no fuera yo - y por momentos ojalá que no - no me ahogaría en un vaso vacío aproximadamente cuatro veces por semana mientras intento no odiarme un poco más. Si no fuera yo, quizá no tuviera esa manía de recordarme que soy egoísta, torpe, cruel y demasiado imbécil, que el rencor lo llevo dentro y que exijo a los demás tanto como a mí misma: demasiado.

Si no fuera yo, no me echaría de menos a mí misma mientras me pregunto qué coño me pasa. Creo que hay algo, algo que no funciona bien dentro de mí, que me impide, después de todo, llegar a ser del todo feliz; aun sabiendo que los humanos no somos felices por completo, creo que me falta algo y no sé si quiero saber el qué.

No sabéis lo triste que es saber que tienes algo mal dentro y que todo ese mal lo provocas tú.

31/08/16

domingo, 31 de julio de 2016

De por qué soy un desastre.

Voy a ser breve porque tampoco puedo extenderme mucho.

La entrada de julio no está (y no va a estar) por una serie de cosas aka excusas que ya expondré en la siguiente entrada. Nada grave, lo prometo. Más bien al contrario.

Lo siento de veras.

Con mucho cariño,

31/07/16

martes, 21 de junio de 2016

Lo que surja, sí, pero siempre contigo

POR FIN ES JUNIO.

Bueno, el mes ya está casi acabando pero ya me entendéis.
Ahora ya sí que no tengo excusa para subir poco y tarde, así que más vale que me ponga las pilas ¿no?
Aunque, de momento, sólo os traigo esto. (seguiremos informando)

Lo que surja, sí, pero siempre contigo


Es bonito cuando hablamos de cualquier tema y me dices algo y yo te pregunto que a qué te refieres y entonces, cuando sonríes de vuelta como nadie, es cuando me dices que nada, que sólo a lo que surja y nada más.
Contigo, lo que surja pueden ser tantas, tantísimas cosas, que dejarlo ahí parece un desperdicio de tiempo y de vida. Puede significar una tarde de verano, un día de peli y mantita, puede significar toda una noche en vela, o una vida entera contigo. Contigo, lo que surja no es un plan de última hora deprisa y corriendo, es apurar el segundero hasta el último suspiro. Qué tendrás en la voz y en el alma, que eres capaz de convencerme sin quererlo de que contigo el reloj se confunde entre minutos y segundos, de que la vida da más vueltas si lo hace cogida de tu mano y que cualquier lugar del mundo será especial si te giras de repente para darme un beso. No sé qué tengo yo para que quieras regalarme tu tiempo, incluso el que no tenemos, para pasar dos minutos más a tu lado. Contigo, incluso estaría dispuesta a abrazar la rutina, si es que eso te significa a ti; yo, que vivo colgada de mis alas y que me alejo de los barrotes de las prisiones ajenas, que le tengo pánico a lo gris y a la monotonía y que me muero de ganas de estrellarme contra todos los muros de los callejones impares.
Por ti me rompería todas las falanges del dedo meñique y cerraría las ventanas al viento del este sin romperme el corazón. Por ti, mi amor, esperaría toda la vida, precisamente porque sé que no me lo exigirías. Y quizá sea también porque, contigo, las esperas no son tanto un acto suicida, sino más bien la estela de frío que cruza una estación de tren.
Pero qué voy a decirte a ti, después de todo; qué voy a decirnos si, al final, ya lo sabemos todo.
(Felices diez; felices dos cifras)
(te quiero)

Qué más voy a decir.
Por fin es verano y tengo unas ganas locas
de quemar la máquina de escribir.
No, no tengo.
Estamos trabajando en ello.
Pretendo desabandonar esto un poquito, así que, decidme
¿os apetece que escriba sobre algo en especial?
(no os preocupéis,
que si no me gusta nada ya me las apaño yo)
Pero os lo agradecería.

Con todo el verano por delante,
gracias.

24/06/16

martes, 31 de mayo de 2016

De aristas y esquinas y tuétano fundido.


(No os traigo gran cosa porque bachiller me ocupa la vida pero siempre hay un ratito para la entrada del mes)
PD: para la próxima entrada espero tener algo un poquito más largo. Podréis reclamármelo, que serán vacaciones y ♡♡

Aristas

De aquellos que se atrevan a intentar buscarte la eternidad en las curvas, pobres ingenuos; es que aún no han entendido nada.

Dicen que las curvas son mágicas, y puede que lo sean, pero no lo dirían con la misma intensidad si alguna vez hubieran visto la magia que guardan tus aristas. Y es que eres cortante, hiriente, aguda como la punta de un cuchillo girando en la piedra de afilar, y tienes esquinas en todos tus rincones. Tienes dos paréntesis por clavículas y unas caderas hechas para clavarse en ellas toda la vida, enganchada en tu íleon. Quién no querría estancarse en los huesos de tu hombro, recorrerte las costillas en acordes menores y cortarse las yemas de los dedos al tropezar con las esquinas punzantes. Me río con ganas de todos aquellos que admiren tus curvas. No saben nada de ti. Y es que no hay sensación más bonita que la de encajar con todas tus puntas, clavarse todos tus huesos, uno a uno, y que todas nuestras piezas encajen como un puzzle lleno de azar.

A mí, que ya me has clavado todas tus aristas, ya no hay forma de sacarme tu tuétano de dentro.

No es mucho pero va con amor.
(ya os traeré más)
Como siempre, gracias.
31/05/16


viernes, 22 de abril de 2016

Del veintitrés de abril y cosas bonitas.


Hoy, veintitrés de abril, se celebra el cumpleaños de las letras. Y como nunca les he hecho una felicitación en condiciones - sí, eso tampoco se me da bien - pues ya iba siendo hora.
Tampoco hay mucho más que decir. 

feliz veintitrés de abril.


Estamos hechos de palabras. 

Somos vida, sueño y humo, una estructura inestable que se construye sobre esqueletos de letras, grafías que encajan las unas con las otras estructurando nuestras piezas. Estamos hechos de palabras, porque nuestra esencia reside en ellas.

Eres la primera palabra que dijiste. Eres la primera vez que dijiste te quiero, la primera vez que juraste por ti y sólo por ti, eres tu poema favorito recitado a susurros detrás de un espejo. Eres lo que lees – y cómo lo lees. También eres las letras de todas las canciones que has cantado a voz en grito, y todos los versos que aun sin ser escritos fueron hechos para ti.

 Que de qué vives, si no es de palabras.

Mírame a los ojos y dime que serías lo mismo sin tu libro favorito.

Ojalá que algún día las palabras se te metan tan adentro que no seas capaz de dejarlas ir. Ojalá invadan tu corazón, tu cuerpo y tus carcajadas, y las dejes conquistarte. Que tus huesos se tracen de letras y que detrás de tus ojos hayan versos desconocidos, que creas haber escuchado en alguna parte. Ojalá.

Yo estoy hecha de palabras, y por eso vivo. Porque no es lo mismo vivir que estar vivo; porque, después de todo, como dijo el poeta Halley, "si las palabras se atraen, que se unan entre ellas; y a bailar, que son dos sílabas"

  Feliz cumpleaños a las letras, que hacen tanto por mí.


Me apetecía hacer algo especial.
(Y de paso, ir subiendo antes del 30)

Que el amor a las letras os acompañe.

Muchas, muchíisimas gracias.

23/04/2016

jueves, 31 de marzo de 2016

Querer. O algo parecido.


Feliz marzo. Hoy en vez de treinta es treinta y uno porque no sé las tradiciones están para romperlas y cada vez vivo más a la desesperada.
La entrada de hoy es un poquito más larga y a ver si me acostumbro a ello. Y a ir subiendo a mitad de mes en vez de a finales. Y a subir dos entradas en vez de una. Y a parar el carro, que últimamente desvarío demasiado.
Por cierto, ayer fue el cumpleaños de Van Gogh, no sé si lo sabíais. A mí casi se me pasa felicitarle. (También fue el de otra persona, pero eso ya es cosa mía)
Con cariño:

Quiero.


Querer, por decreto oficial y como primera definición, es  ``tener el deseo, la voluntad o la intención de hacer, poseer o lograr algo.´´   Algo más abajo, allá por la quinta disección de la palabra, es donde encuentro que querer es  ``sentir afecto, cariño o amor por alguien o algo.´´

Si decido ponerme seria, creo que quiero muchas cosas y que, además, quiero muchas cosas; sí, en los dos sentidos de la palabra. Quiero acabar ese libro que aún no he empezado y quiero que llueva mientras escribo sentada con las piernas cruzadas; quiero chocolate, dormir, tirarme por una montaña rusa, organizarme la vida, desorganizármela, hacer la maleta tres veces al mes y deshacerla una, mandar cartas a direcciones aleatorias, ilusionarme con una historia hasta el punto de no ser capaz de dormir. Quiero.

Quiero muchas, muchas cosas. Hay quien diría que demasiadas. Pero hay cosas que quiero con un cariño especial. Escribir. Soñar despierta. Escuchar mis canciones favoritas en directo.

Quererte.

Viajar – contigo –. Hacerte reír hasta que no sepas respirar. Robarte el último trozo de pizza. Guiarte por tu propia ciudad. Dormir contigo. Cantarte mis canciones favoritas. Reírme de ti. Que te rías de mí. Contarte los lunares de la espalda para equivocarme a propósito. Besarte las lágrimas. Hay tantas, tantas cosas, que podría hacerte una lista aún más larga que la lista de mis canciones favoritas. Pero hay una cosa a la que quiero, si eso es posible, aún un poquito más.

A ti.

Y puede que suene como lo más predecible del mundo. Probablemente lo sea. Probablemente también me da igual.

Creo que querer es algo incomprendido hoy en día. Cómo vas a saber lo que es querer, si crees que lo entiendes de verdad.
No creo que haya manera de saber qué es exactamente querer.

Creo que sé que te quiero porque, además de querer entenderte, quiero dejar que seas tú quien me lo explique.


Espero que no hayáis sufrido mucho.
Me deprimo de pensar en todo
lo que aún queda hasta verano, por cierto.
Quién iba a decirme a mí
que tendría ganas de que llegara junio.
En fin, gracias.
31/03/16.


lunes, 29 de febrero de 2016

Ellos no saben nada (y creo que yo tampoco)

Dos entradas por varias razones; porque este febrero es bisiesto y, ya que hay un día más en el calendario, que sea una entrada más, también; porque os debo la de enero (pienso dárosla en pequeñas dosis, no sea que os intoxiquéis) y porque me gustaría acostumbrarme a subir dos entradas al mes pero paro el carro porque me conozco mejor que nadie y probablemente no lo cumpla.
Dichas las gilipolleces varias, ahí va.

Es algo cortito pero que creo que quedó muy bien y no sé, me apetece compartirlo, que es el principal objetivo de este blog.

Ellos no saben nada


Ellos no saben nada.

Hablan de arte, pero nunca te han visto las manos.
Hablan de luz, y de oscuridad, pero nunca han vislumbrado el claroscuro que se te forma en la cara entre la nariz y los labios justo antes de despertar.
Qué van a decirme si nunca han caminado por los surcos de tu ombligo.

Me han hablado de arte, de vida y de sueño, y de todas las cosas que un día quedaron sin hacer, y aún no se han dado cuenta de que nunca han existido por separado. Ingenuos.

Son de los que dicen que otoño empieza en octubre, y no saben nada.

A mí, que sé tan poco, no me hace falta verte nevar para saber que es en ti donde empieza el invierno.


Feliz febrero. Feliz bisiesto.
Haced que un día de más valga la pena.
Con mucho cariño (ootra vez).
Gracias.

29/027/2016

De trenes bisiestos

Dije que subiría dos entradas en febrero así que más tarde que pronto aquí están. Esto es un escrito perdido por ahí que rescaté hace un par de días y me gustó. Es, probablemente, de mayo del año pasado, y me gusta ver cómo cambia y a la vez no mi manera de escribir. No sé. Me gustó. Espero que a vosotros también. No sé muy bien cómo llamarla so no tiene un título concreto. Ahí va.


Ayer soñé con un tren. Era un tren de ida en una estación sin parada y faltaban tres minutos para las diez. Una chica lloraba. Hacía como que no lo sabía. EL esto del vagón fingía que ellos tampoco.

He asistido a muchas comedias. Los actores eran bastante mejores. Compartían nombre - las comedias -. Se llamaban vida.

Yo me sentaba enfrente. A su lado, una mujer me sonrió con aire comprensivo. Su mirada gritaba ''lo siento, niña, qué viaje más incómodo te espera''.

No hay nada que odie más a que me condicionen.

Rebusqué en mi bolsa. Sonreí. Le tendí un pañuelo. No estoy segura de si sucedió en ese orden. Tampoco creo que importe. La chica me sonrió de vuelta.

Llevaba una sonrisa bonita, después de todo. Hay un momento de fragilidad extrema entre el llanto y la risa y creo que si empujas a alguien ahí puede romperse.

Pude hacerlo. Pero no lo hice. Simplemente la miré. Ella me sostuvo la mirada, Hay tan poca gente que mire de verdad hoy en día que me sorprendió. Luego volvió a desaparecer tras las lágrimas.

Se bajó tres paradas más tarde. Justo cuando bajó del tren me percaté de lo más importante.

Era yo.

Y me había saltado mi parada.

Desde entonces odio los trenes.



Por cierto, es mentira.
Que sepáis que ni de coña odio los trenes.
Con un poquito poquitito de cariño
y rogando para que no me juzguéis en exceso;
gracias.

29/02/2016

domingo, 31 de enero de 2016

Problemas técnicos y algo más.

Antes que nada, lo siento. Definitivamente, esta no es la mejor manera de empezar el año en el blog.

Mi wifi ha decidido no funcionar, de modo que estoy escribiendo esto desde el móvil. No puedo publicar una entrada en condiciones ahora mismo; esta ya va a tardar la vida en mandarse con sólo los datos, y organizarlo todo desde aquí - con tan poco margen de tiempo, además - sería un desastre. Así que publicaré la entrada referente a enero apenas mi wifi me lo permita, y mientras tanto, me temo que habrá que esperar. Lo siento, en serio; si es que hay alguien mínimamente interesado, lo siento, aunque no os voy a mentir, sobre todo lo siento por mí. En fin. Prometo compensár(me)(oslo).

Con mucho cariño y un poco - poquito - de ganas de estrangular a alguien.

31-01-16

jueves, 31 de diciembre de 2015

No - propósitos de año nuevo.

Dos entradas diferentes el mismo mes, wow, debo estar delirando.

La razón de esta increíble opulencia es la siguiente: creo (y sólo creo) que me apetece renovar un poco el estilo del blog. No sé, a lo mejor cambiar un par de cosas. De momento la parte biográfica está en reformas y ya veremos qué más. El caso es que estoy abierta a sugerencias.

Además de ese pequeño detalle, quiero deciros algo; y es que aunque 2016 esté a la vuelta de la esquina, quiero seguir con el mismo propósito que ya conocéis: una entrada al mes, mínimo. Y espero poder publicar unas cuantas más. Creo que es cuestión de concienciarse un poco de ello y, no sé, al final es más bonito y hay más cosas que leer. Y yo escribo más.

También voy a confesaros algo: quiero que en 2016 escriba más de lo que he escrito nunca en un año. Ya es difícil, lo sé. Pero creo que en algún momento voy a tener que plantarle cara a esta manía de abandonar a las letras y que ya va siendo hora.

Aquí es donde entráis vosotros. Necesito vuestra ayuda. Ayudadme. Recordádmelo. Llamadme vaga si hace falta. Please. Es más por mí que por vosotros, lo sé, pero os lo pido como favor c:


Todo por hoy, que me vengo arriba.
Gracias por todo un año aguantándome.
Aún tengo cuerda para rato, tranquilos.
31/12/15

La chica volátil (esta vez, al completo)

Hoy os traigo una entrada especialmente larga, una entrada un poco distinta y hecha con muchísimo cariño.
En noviembre os hablé del premio que gané a nivel provincial, de la ilusión que me había dado, de todo lo que había supuesto para mí. Hay más. Os pregunté que si querríais leerlo. Hay quien me dijo que sí, bien de una manera u otra, así que aquí está. Con mucho amor y algo de nerviosismo, aunque sea a través de la red, os presento La chica volátil, un relato con el que disfruté muchísimo escribiéndolo y que espero os guste tanto como a mí crearlo.

PD: a pesar de que yo, como autora, decida voluntariamente publicar este relato en internet, eso no autoriza a ninguna tercera persona a difundirlo fuera de este blog, copiarlo o parafrasearlo. Obviamente sí podéis difundir el enlace a esta entrada y a mi blog, lo cual agradezco profundamente. Gracias.


La chica volátil




  La chica volátil vivía en un piso abandonado en mitad de una gran ciudad; una ciudad plagada de transeúntes que iban a todos sitios y a ninguna parte. A menudo se apoyaba en el alféizar de su ventana, medio cuerpo dentro y medio fuera, y se dedicaba a ver a la gente pasar en grandes oleadas. Solía preguntarse a dónde iban, por qué con tanta urgencia, por qué, por qué, siempre por qué. No lograba entender qué les empujaba a correr cuesta abajo cartera en mano a punto de perder el autobús, y es que nunca había sido capaz de tener prisa. Era algo habitual en una urbe plagada de estrés, los nervios del tráfico y la gran indignación ante los atascos imprevistos. Ella, incapaz de comprenderlo, sólo observaba. Por pura curiosidad, una vez caminó hacia la esquina más alejada de su avenida para hacer el recorrido inverso a su portal fingiendo apremio, mirando a todos lados, con una mochila de fondo descosido echada al hombro y el pelo alborotado. Pero le era imposible sentirlo, ese cosquilleo nervioso en las plantas de los pies y en las palmas de las manos y los nervios a flor de piel que parecía sufrir todo aquel que apuraba para llegar a tiempo a la parada de autobús. Ella lo llamaba el síndrome de metrópolis crónica, un trastorno nervioso que empujaba a cualquiera a dejarse llevar por la prisa y correr, correr, siempre correr. Sostenía firmemente que era una enfermedad contagiosa que se trasmitía a base de recorrer las calles plagadas de peatones y transportes una y otra y otra vez. O lo hubiera sostenido, claro, si hubiera habido alguien con quien debatirlo. La chica volátil estaba sola, y así había estado toda su vida. Ni siquiera tenía la necesidad de plantearse el por qué. Simplemente era ¿acaso hay algo más complicado que ser?

  A pesar de lo que pudiera parecer, no es que fuera una indigente. Simplemente le gustaba su pequeño piso abandonado, un edificio cochambroso y con la fachada de cal cayéndose a pedazos y con el papel de las paredes a medio despegar. La decadencia también era un arte en su justa medida, pensaba, quizá el más complejo de todos, pues el límite entre moribundo y fallecido es algo no tan fácil de discernir si hablamos de un edificio de cincuenta años de vida que aún resiste el embiste del tiempo asentado en una de las vías más importantes de la ciudad. Y, para qué mentir, la verdad es que no le interesaba estar en ninguna otra parte.

  Además de aquel curioso hábito, había poco que pudiera verse a simple vista de ella. Trabajaba en una cafetería a dos calles de su portal, un local ni pequeño ni grande que siempre servía el café un poco más caliente de la cuenta. Todas las mañanas se vestía, se peinaba, cogía su vieja mochila raída y llegaba al trabajo dos minutos más tarde de la hora prevista. Ni cinco minutos antes ni diez después, siempre dos minutos después del plazo. Un detalle nimio en el que ni siquiera reparaban, porque ¿quién iba a contar dos minutos, ciento veinte segundos escasos, teniendo cosas mucho más importantes que hacer? Era otra de las cosas que le fascinaban, la capacidad de aislamiento del tiempo de la gente mientras el estrés continuaba implícito en su organismo. Su vida podría parecer monótona o aburrida, pero le gustaba dedicar su tiempo libre simplemente a pensar, reflexionar, leer y seguir elucubrando sobre temas y temas. Su cuestión favorita, precisamente, era el tiempo. Podía pasar horas y horas en silencio, sentada de piernas cruzadas en el suelo, sin parar de pensar, por el puro placer de la reflexión. Por eso tampoco le gustaba tomar decisiones a la ligera ni precipitarse en cualquier asunto sin dedicarle el tiempo merecido. Aquella capacidad de abstracción y pensamiento era de lo que más orgullosa se sentía de sí misma, quizá con un poco de lástima, pues sentía que nadie llegaría a comprenderla nunca ya que, al fin y al cabo, todos estaban demasiado ocupados haciendo cosas con prisa para poder tener tiempo para hacer esas otras cosas que tenían pendientes de acabar. Y así siempre.

  Y, a pesar de la apacible tranquilidad que parecía inundar su vida, la chica volátil tenía un secreto. Era incapaz de poseer nada, pues todo aquello que era suyo acababa roto o perdido. Ni siquiera era algo de lo que se hubiera dado cuenta en algún momento de su vida; lo tenía tan asumido como el resto de su existencia. (O quizá, sí se hbaía dado cuenta en algún momento de su vida, pero ¿quién sabe? Nunca había sido capaz de entender el tiempo). Y, a la vez, lo sentía como una especie de crimen inconfesable que nadie debería saber.

  Pero ni siquiera ella sabía que los debería no están hechos para ser cumplidos.



  Un día lluvioso de octubre entró en el café un chico despeinado. Llevaba las botas llenas de barro, un lunar en la mejilla izquierda y una mochila azul colgada del hombro. Se sentó en una mesa al lado de la ventana y la llamó.

  Ella, detrás de la barra, ni siquiera se percató de ello hasta que volvió a repetir su llamada. Fue entonces cuando levantó la cabeza, extrañada de que nadie respondiera a las demandas del cliente, y se encontró con los ojos del chico clavados firmemente en ella.

-Un café solo con hielo, por favor.

  Ella asintió rápidamente con la cabeza, sorprendida, y desapareció en la cocina en busca del café. Que pudiera recordar, ningún cliente jamás había hecho un pedido sin antes preguntar ella primero. Y es que la chica volátil era tan efímera como su nombre, y nadie reparaba en ella si no se hacía de notar primero. Aquello la sumió en una confusión repentina, pues estaba acostumbrada a que nadie notara su presencia y ser poco más que una sombra camuflada entre todo lo demás. Sosteniendo la bandeja en una mano y la curiosidad en otra, salió a servir al chico, que había sacado de su mochila un cuaderno y bolígrafo y murmuró un ‘’gracias’’ distraído mientras comenzaba a escribir en su libreta.

  A lo largo de la tarde fueron llegando más y más clientes. La lluvia no es algo que a la sociedad le guste sufrir en sus propias carnes; prefiere la tranquilidad de un techo y un café caliente antes que pasear por las calles inundadas de paraguas. Mucha gente entró y salió del café aquel día, muchísima gente, más de la que la chica volátil había visto en mucho tiempo. Todos con más o menos prisa, todos acababan abandonando su mesa y una taza de café vacía.

  Aquel chico no.

  Tras limpiar tres mesas seguidas, minutos después de que comenzara a amainar, ella se dio cuenta de que aún no había abandonado su mesa. Miró el reloj. Faltaba media hora para el cierre. Sintiéndose en la obligación de informarle, se acercó a la mesa y carraspeó un poco para atraer su atención.

-Perdone, señor, cerramos en veinte minutos. No quiero molestarle ni nada por el estilo, pero puedo retirarle la mesa si quiere.

  El chico la miró extrañado, saliendo del deje de abstracción en el que se hallaba sumido. Miró a su alrededor, comprobando que, efectivamente, era el único cliente que quedaba en el local.

-Sí, claro, por supuesto. ¿Te importa si te ayudo a recoger? Hay cosas aquí que quiero tirar.- Y, sin darle opción a contestar, se levantó y comenzó a amontonar las hojas que había arrancado del su libreta, llenas de tachones y líneas sueltas. Ella, demasiado sorprendida como para llevarle la contraria, se limitó a recoger los restos del café que aún quedaban allí. En cinco minutos estaban en la calle. Mientras ella echaba el cerrojo, el chico la observaba y, al final, decidió acercarse a ella.

-Oye, lo siento por quedarme. No me he dado cuenta de que era tan tarde, ¿sabes? Suele pasarme.- Se excusó, avergonzado, mientras se colgaba la mochila de nuevo al hombro.

-No pasa nada.- Dijo ella, ajustándose las correas de la mochila. No sabía muy bien qué debía decir en aquellos instantes; nunca o casi nunca hablaba en el trabajo y menos fuera de él.

-Muchas gracias, eh… -Dejó la frase en el aire, a expensas de que ella la finalizara por él.

No obstante, aquello era imposible, y es que la chica volátil ni siquiera tenía nombre, porque hacía años que lo había perdido. Sin poder evitarlo, el rubor le subió a las mejillas mientras intentaba responder a aquella pregunta no formulada.

Al ver que no contestaba, el chico se encogió de hombros.

-Yo me llamo Raúl. Encantado.- Le tendió la mano y ella se la estrechó, aún pensando en como responderle, pero no fue necesario- Quizá no quieras decirme tu nombre, pero estoy seguro de que podemos adivinarlo. A ver, déjame pensar- Dijo él, examinando su rostro en busca de alguna pista.- Ya lo tengo. Te llamas Luz, ¿a que sí?

-Yo… - Murmuró ella, sin saber cómo salir de aquel atolladero.

-No, no tienes ni que decírmelo. ¿Sabes? Se te nota en los ojos. Están llenos de luz, estoy seguro de que te llamas así. ¿Es cierto?

Al oír aquellas palabras, ella alzó la cabeza, sorprendida. Probablemente Raúl era la primera persona que le miraba a los ojos en muchos años. Sonrió, sin saber muy bien por qué.

-Sí, me llamo Luz.- Afirmó, con una sonrisa en los labios.



  No fue la última vez que le vio. Raúl tomó como hábito tomar café a las cuatro de la tarde y pasar justo delante de la cafetería cuando estaba cerrando para invitarla a dar un paseo y aparecer a media tarde con una sonrisa en la cara sólo para ella. Y Luz, que había adoptado ese nombre como una segunda piel, agradecía en lo más profundo la lluvia que le había invitado a entrar en el café una tarde de octubre. Y un día ocurrió lo inevitable. Se estaban riendo, llovía, y uno de los dos se acercó demasiado porque no tenía paraguas. Ni siquiera se dieron cuenta. Para cuando quisieron verlo, ya se estaban besando. Y, como solía hacer Luz con el resto de cosas que acontecían en su vida, se limitaron a disfrutar de aquello que había acabado por suceder, algo que, después de todo, ambos sabían que acabaría sucediendo.

  Una tarde de diciembre, sentados en una estación de autobús, hacía demasiado frío. Luz se acercó a él, riendo, después de disculparse por haberle robado la chaqueta. Él sonrió.

-Aún sigues siendo una idiota. ¿Todavía no entiendes que todo lo mío ya es tuyo? Ya tienes mi corazón, qué más te da quedarte con mi chaqueta.

  Fue su sentencia de muerte. Ella se levantó de la estación como un resorte, se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar. Huyendo a toda prisa, se alejó, de la estación y de él, de la única persona en el mundo que había sido capaz de devolverle el nombre.

  Aún vaga por las calles intentando encontrarla. Ella, sola, se arrepiente en el alma de ser como es. Y, a pesar de todo, no sabe que sí, todo lo que es suyo acaba roto; ella le está rompiendo.

Gracias a todos aquellos que, de una manera u otra,
se interesaron e interesan por La chica volátil
o por cualquiera de mis escritos.
No sabéis cuánto os lo agradezco.
31/12/15.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Noviembre. La chica volátil y sueños por cumplir.

Aunque va a resultarme raro, la entrada que os traigo para este mes no es una entrada ''literaria'' exactamente.

Os dije que tenía buenas noticias y que esperaba poder contároslas pronto. Más tarde que ponto, como siempre, aquí están.

Hará cosa de un mes o así, no sé exactamente cuánto hace (creo que un poco más) mandé un relato a un  concurso de relato corto que se celebraba a nivel provincial. La verdad es que lo mandé a última hora, recién salido del horno (escrito en menos de tres horas) y con la sensación de que podría haberlo hecho mucho mejor; pero, a la vez, con la sensación de que por qué no, de que tenía que intentarlo. Podían ocurrir dos cosas; que realmente al jurado le gustara, que supiera ver lo que yo había intentado reflejar, aunque necesitase pulirse, o que simplemente lo descartaran porque había relatos mucho más trabajados, más maduros, más originales y, en definitiva, más dignos de ser premiados.

He de añadir que en mi categoría la franja de edad era de 16 a 30 años cumplidos a lo largo del año, con lo cual, tenía aún menos posibilidades que en un concurso juvenil. A pesar de todo, decidí dejarme la piel escribiéndolo a toda hostia. Lo mandé.

Y unas dos semanas después me llamaron para comprobar si iba a asistir a la entrega de premios del concurso.

Obviamente, yo no quería hacerme esperanzas, pero con cosas así es inevitable.

El día de la entrega, a la que yo tenía que ir porque había un acto a continuación en el que también debía estar, mi nombre fue el primero que resonó en la sala. Subí las escaleras casi con miedo, pero no. Ahí estaba. Mi relato, La chica volátil, un relato escrito a toda prisa y con los dedos agarrotados y con todo el cariño del que fui capaz, había ganado el tercer premio. Yo, que en comparación al resto de personas que subieron a continuación era una cría. Y que, por presuntuoso que parezca, probablemente era la más feliz de todos ellos.

Y es que casi había olvidado lo mucho que significaba escribir. No del todo, pero casi.

Ojalá que esa sensación, lo que significó para mí escribir, mandar, recoger La chica volátil en forma de premio y recompensa, no me deje olvidarlo jamás.


PD: estoy pensándome si dejaros por aquí el relato.
Se llama La chica volátil
y habla de una chica
que es incapaz de tener nada.
(Creo que ni siquiera a ella misma)


Gracias a las letras por estar siempre ahí.
(Si queréis leer La chica volátil podríais decirlo. Eso me animaría muchísimo a subirlo.)
Esta vez a ti, que lees esto. Con cariño, gracias.

30/11/2015

sábado, 31 de octubre de 2015

Me llaman octubre

Hoy voy a hablaros de octubre. El por qué es relativo, supongo que me ha parecido buena idea hablar de uno de los meses más mágicos de todos.
 
 Octubre es ese niño raro al que pocos quieren y al que no le importa. Viene un poco a hurtadillas, se esconde detrás de septiembre y de repente ya está ahí, ya ha llegado.
 Octubre sólo viene si no le llamas a la puerta pero te dejas las canciones a medias; y cómo no, si es el primer mes de otoño, y hoy me he dado cuenta de que el otoño no empieza a ser si aún no han caído las hojas ni el viento masculla tu nombre. Otoño, esa estación suicida que vive colgada de un puente y que llega despacio, y lo cambia todo; si otoño fuera algo más que un espacio de tiempo comprendido entre septiembre y diciembre, sería el acto de debatirse entre morir o dejar de vivir. Por algo se ha convertido en mi estación favorita.
  El viento aúlla pero ha abandonado su costumbre de golpear ventanas. Ahora su pasatiempo preferido es susurrarme tu nombre detrás de cada ráfaga y ha decidido levantarle la falda a mis miedos a ver qué encuentra debajo, y te está esperando.

(te
echo
de
menos.)

 Octubre ha sido llorar. Octubre ha sido encajar las clavijas allá donde las piezas eran demasiado endebles, ha sido enderezarme y levantarme de la cama y sonreír. Ha sido insomnio, noches sin ruido, poemas a oscuras y libros ocultos. Ha sido un viaje a la parte más bonita del corazón (si mío o tuyo, eso ya no es cosa mía). Octubre ha sido bailar pegada al andén, recorrer a la inversa el camino hacia lo que siempre han llamado destino pero nunca ha sido lo que quise. Octubre ha sido tanto que no puede ser más allá de lo que ya es; pero le han faltado cosas. Dejémoslo en que ha sido, que ya es bastante.
 
Sé que es corto,
no doy para más últimamente
pero tengo noticias bonitas;
ya os las daré en cuanto pueda.
Gracias.
31/10/15.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

''Fuego, siempre alrededor''

Siempre actualizo deprisa y corriendo y a final de mes y acabaré haciendo de las madrugadas de los días treinta mi bandera pero hoy no me apetece darle explicaciones a nadie. Ni a nada. Y os traigo poco, como siempre, así que para qué alargarse más.
 
 
 
 
Creo que el claqué siempre será uno de mis bailes favoritos si se baila encima de tus piras funerarias.
 
Recuerdo que de pequeña fui una vez a un parque de bomberos y nos explicaron que no era del fuego de lo que debíamos huir si había un incendio, sino del humo. Nos dijeron que el fuego es peligroso y que verlo era sinónimo de alejarse, pero que el humo tiene la bonita costumbre de entrar sin preguntar y se cuela por las rendijas y por debajo de las puertas y que al principio no lo notas pero es capaz de asfixiarte en minutos.

Recuerdo aquella vez que era invierno y me desperté tosiendo, con toda mi habitación hecha humo. Recuerdo haber salido trastabillando y encontrar a mi padre en el comedor, abriendo las ventanas y cerrando la chimenea. Un tronco había logrado escapar de la prisión del cristal de la estufa y ardía plácidamente en medio del comedor con la serenidad de un gato. No recuerdo mucho más pero si recordara ahora probablemente recordaría que me desperté porque tenía los pies helados y no porque hubiera más gris que aire a mi alrededor. Bonita forma de morir. Intoxicación por gris, sobredosis de humo.

Así me siento ahora. Humo, humo por todas partes. (Fuego, siempre alrededor, y si es porque alguien olvidó que el fuego lo guardo yo, entonces tiene sentido que me asfixie de llevarlo dentro). Hoy no me despierto porque tenga los pies helados. Me despierto porque tengo el corazón frío y las manos torpes y porque las pesadillas nunca han sido lo mío. Y el fuego sigue dentro y yo ardo, ardo, estoy ardiendo. Lenta, dolorosamente, desde dentro de los párpados y la mitad del pecho. Mis manos son ceniza. Pronto seré humo.

Ojalá me cuele por tus rendijas. Ojalá me veas arder y trates de huir pero yo sepa entrar por debajo de la puerta, como hace el humo, como hacen los recuerdos de los que nadie escapa.

Y ojalá te asfixies conmigo.
 
Gracias, supongo.
 
30/09/15.

lunes, 31 de agosto de 2015

1999 (Cartas a la niña imantada con remitente imbécil)

Últimamente estoy hecha mierda, así que os traigo mierda. Esta es una entrada cutre, que no es ni para vosotros ni para mí y que tampoco está realmente bien. Os jodéis. Bueno, me jodo yo pero qué más da.

Os voy a contar un secreto. No es que esté hecha mierda, es que paso de la felicidad al hastío en cuestión de segundos y ni siquiera yo me aguanto. Y, para colmo, tengo una historia que escribir (varias, en realidad) y nada de inspiración.

Y a pesar de todo siguen habiendo cosas que valen la pena, ahora más que nunca.

Esta es la carta que alguien imbécil y que no supiera explicarse le escribiría a la niña imantada.
(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.)


          1999; a la niña imantada.

Me dijiste "cúrratelo" y creo que tienes razón, que 140 caracteres no son suficientes.
De todas maneras, esto tampoco va a serlo, así que lo siento pero no doy para más.

El caso es que aquí deberían ir cosas que tú no sepas y siempre haya querido decirte pero ¿qué voy a decirte que no sepas ya? Vamos a saltarnos las normas una vez más. Me la sudan.

Así que esto es, lo primero de todo, un gracias. Es un gracias que no es suficiente, un gracias un poco improvisado, a medias, porque al fin y al cabo no es más que píxeles y luz artificial y miles de millones de ceros y unos alineados en fila. Y, por grande que sea, por mucho que eso signifique (que, ya te lo digo yo, significa mucho), nunca se comparará a verte aparecer en una estación de tren con la felicidad colgando del hombro. Jamás.

(Pero también voy a confesarte cosas.

Te echo de menos.

Pero no te echo de menos como se suele echar de menos, a ratos y con prisa, como suele hacer la gente de normal. Cuando alguien dice ‘’te echo de menos’’ eso suele significar que se ha acordado de ti en algún momento de las veinticuatro horas de su largo día lleno de otras miles de cosas. Y por eso, cuando se echa de menos así, al final el resto de otras miles de cosas acaba engulléndolo.

Así echa de menos la gran mayoría de personas durante toda su vida. Y no es malo, para nada, porque es la forma más sencilla y más fácil de sobrellevarlo.

Pero no es así como te echo yo de menos.

Yo te echo de menos siempre. Todo el rato. Continuamente. A veces casi me olvido de ello y es como la música de fondo, que ni la escuchas ni la dejas de escuchar; ahí está. Es un sentimiento parecido al deje amargo del café del fondo de la cafetera, ese café oscuro que aunque te haga hacer muecas te tomas de todas formas porque, joder, es café. Y cuando te echo de menos, es un echar de menos raro, que desaparece por un rato pero no desaparece en realidad y que cuando menos te lo esperas te golpea en el pecho con todas sus fuerzas y te tumba porque es imposible que todo eso te quepa dentro. Pesa demasiado. Te hace hundirte, caer. Porque ¿cómo vas a saber lo que es caer, si nunca has estado arriba? Y duele. Ostia que si duele. Pero, a la vez, no lo cambiaría en un millón de años. Sé que sabes lo que quiero decir porque eres capaz de entenderme como nadie a veces.

No voy a mentirte. Me da miedo echar de menos así. Me da miedo tener tanto miedo de todo. Me das miedo tú, niña imantada, y lo que más miedo me da de todo es hacerte daño yo. 

Pero creo que merece la pena arriesgarse.)

Tengo muchas más cosas que decirte.
Lo siento, supongo.
Te quiero, imbécil.
 
 
 
Esto ha sido todo por hoy y por agosto.
Espero que cuando no tenga tiempo la inspiración vuelva.
Porque se está pasando de la raya.
 
Gracias por aguantarme.
 
31/08/15.